Mucho se habla del hedonismo como una teoría del placer, pero al hablar de esto poco se hace mención de qué entendemos por un verdadero placer y algunas de sus otras perspectivas que ofrecen; como la ausencia del dolor o la expulsión del miedo en una vida basa en la razón o en los placeres que afectan a nuestros estados racionales.

Nos referiremos a la teoría que Epicuro de Samos (341 y 270 a. C.) ofreció durante toda su vida. Teoría esta, que unida a su propia vida, tanto se ha confundido a lo largo del tiempo.
En primer lugar debemos afirmar que Epicuro, hoy, no podría haber sido considerado un libertino o un “viva la virgen” (disculpen la expresión). Para él, la felicidad era un estado de placer continuado, pero no todos los placeres pueden ofrecernos este estado de felicidad. Diferenciaba unos placeres corporales y unos placeres del alma. El verdadero placer, para Epicuro, radica en una vida comedida, simple, en armonía con lo natural y en la que vivimos gracias a lo que nosotros somos capaces de hacer.

No es posible vivir con placeres sin vivir sensata, honesta y justamente; ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir placenteramente. Quien no tiene esto a mano, no puede vivir con placer” Máximas Capitales, V. Gredos, Madrid, 2007, pág. 158.

A esta exposición de los placeres, hay que añadir que debemos eliminar de nuestra vida todas aquellas opiniones vanas, suposiciones y nociones desconocidas que nos hacen afrontar la vida con terror y nos hacen actuar de manera temerosa y llena de conjeturas. De ahí que Epicuro quiera eliminar la noción de dioses, de muerte como un acto nefasto o la huida de cualquier dolor como si fueran una parte terrible de la vida. Estas son las cosas que atemorizan a la gente y les hacen cometer acciones o limitar sus actos ante su naturaleza propia.
Luego, en esta búsqueda incesante de lo que son los placeres más duraderos, más esenciales y mejores para el ser humano, no debemos olvidar que la eliminación de los miedos limitantes son fundamentales. Sin esto, nuestros placeres, estarán sujetos a las cosas que nos aterran y nos limitan.

“XI. Si nada nos perturbaran los recelos ante los fenómenos celestes y el temor de que la muerte sea algo para nosotros de algún modo, y el desconocer además los límites de los dolores y los deseos, no tendríamos necesidad de la ciencia natural.

XII. No era posible disolver el temor ante las más importantes cuestiones sin conocer a fondo cuál es la naturaleza del todo, recelando con temor algo de lo que cuentan los mitos. De modo que sin la investigación de la naturaleza no era posible obtener placeres sin tacha.” Ibíd. Pág. 159