Un mundo de comunidades imaginadas y de fronteras que nos dividen forjadas en sangre e intereses que se han ido consolidando con el paso de los años. Ese es el mundo que hemos heredado gracias a los nacionalismos.

El nacionalismo es considerado como una ideología, pero mientras otras ideologías se preguntan ¿Cómo debería ser gobernada una sociedad? El nacionalismo se pregunta ¿Quién debería formar parte de un pueblo o nación?

El nacionalismo, ni más ni menos, es la herramienta que los estados modernos, sus gobiernos, y beneficiarios, utilizan para crear un sentimiento patriótico uniforme en su población por medio de la educación, la cultura y los medios de comunicación, que asegure la pervivencia del estado, sobre todo ante momentos de crisis, entendiendo por crisis la unidad de la nación y los intereses de los que la controlan.

Este imaginario colectivo es un gran invento, sobretodo porque permite hablar de todos y no hablar de nadie. Unifica entre la sociedad un concepto de “nacionalidad común” que realmente no existe, de hecho, dentro de una nación la sociedad es muy plural, siendo esto una de las principales pegas del nacionalismo, además de que durante la segunda mitad del siglo XX se ha podido ver la capacidad de manipulación de la opinión pública que posee el nacionalismo para llamar al patriotismo y desencadenar su potencial destructivo.


El nacionalismo ha facilitado la creación de los estados modernos, pues se dice que han sido las naciones (y su nacionalismo) las que han creado los estados, y encontramos al menos  tantos movimientos nacionalistas como estados existen, pero es curioso ver como dentro de una nación, no es bueno que haya dos nacionalismos distintos, de hecho es excluyente pues los protectores del nacionalismo en una nación no permiten la autodeterminación de una comunidad que comparta lo necesario para sentir su propio sentimiento nacionalista.
Es algo paradójico pues lo que ha permitido la creación de los estados, es lo que impide que nazcan otros. No puede haber estados sin nación, ni naciones sin estado, pues son peligrosas.

Es mucho lo que se podría debatir sobre los nacionalismos, pero puestos a hablar de filosofía, lo que realmente debería interesarnos es la influencia que tiene sobre los sujetos y su pensamiento.

Nos da unas fronteras que hemos de asimilar innatamente aunque nada hayamos influido para su realización.
Nos impone una condición similar a todos las personas que contienen dichas fronteras aunque no tengamos más bien poco en común.
Lo peor de todo es que para los más débiles de mente, crea un dios por el que merece la pena morir, millones de vidas entregadas a símbolos y banderas impuestas, por luchar los intereses y ambiciones de otros que no van a dar la vida por nadie.

¿Qué son los símbolos nacionales? ¿Quién los pone? ¿De dónde vienen  y por qué tenemos las fronteras que tenemos? ¿Me identifico con quien gobierna mi estado? ¿Debería entregar la vida por una bandera y su historia o me la guardo para mi mismo? ¿Es posible vivir en un estado y no tener sentimiento nacionalista?

Son preguntas para pensar antes de hablar nacionalismo, y que deberíamos tener claras cuando oigamos su llamada, ya que además, suele ser en los peores momentos de un país cuando suele resurgir esta ideología.