Les presento a todos mi muela.

Nunca he tenido caries, es más, presumo de una buena dentadura con la que poder abrir incluso botellines de cerveza, pero recientemente esta querida muela (la 18) empezó a incomodarme, a rozarme con el moflete y a impedir que pudiera abrir la boca del todo, así que decidí quitármela.

Desde el momento que la noté suelta por mi boca tras la intervención del dentista tuve la inquietud de hacerme con este “objeto” así que le pregunté a la asistente que qué haría con la muela y me dijo “¡tirarla!”, no tardé mucho en convencerla para que acabara en mi bolsillo.

Unos días más tarde esta muela se ha convertido en uno de mis juguetes favoritos, es fácil encontrarla entre mis dedos cuando estoy pensando en mi escritorio, ya sea durante mi jornada laboral o durante mis ratos libres.

Hoy me he detenido a mirarla detenidamente, primero entre bolis y papeles, y luego en mi mano. Puede que sea el único objeto que no procede de Asia, es más, no procede de ninguna fabrica y de ningún taller, ¡la he hecho yo! pero ¿Cómo es que la he hecho yo?

No hay tanto de qué extrañarse, desde primaria sabemos que el cuerpo tiene acciones voluntarias y acciones involuntarias, el desarrollo de nuestro cuerpo estaría en estas últimas ya que poco podemos influir con nuestros deseos sobre nuestro propio desarrollo, sino os aseguro que tendría más pelo e incluso puede que 6 dedos.

En conclusión, este producto que tengo en mi mano ha surgido de mí, y me cuesta creerlo ya que vivo rodeado de pequeñas cosas de plástico, madera y otros materiales por los que he pagado y que han sido fabricados por otros.

Ver esta producción “automática” de mi cuerpo me hace pensar en todas aquellas producciones “automáticas” de carácter no físico que igualmente fabrico, es decir, todas aquellas acciones, reacciones, reflexiones y elecciones que son un producto ajeno a mi consciencia, algo que fabrica mi condición de -ser pensante que puede ser pensado-.

No es novedad que la mayoría del tiempo estamos en manos de ese “piloto automático” que llamamos subconsciente, de hecho (me encanta este dato) se estima que al cabo del día apenas tomamos un 5% de decisiones de forma consciente, el resto son un producto que fabrico sin darme cuenta, y al igual que mi muela hay factores como mi experiencia, estado de ánimo o mi entorno, que me influyen en dicha producción, algo que en la muela podríamos asemejar al calcio, salud bucal, sarro, caries, etc. que influyen en su producción.

Cuando nos pensamos vemos todos nuestros actos como un todo unido y continuado (de ahí la trampa del “yo”), es decir, tanto consciente como subconsciente me conforman, es el mismo resultado de lo que soy, de lo que hago y de mi forma de vivir, pero si nos parásemos a pensar algunos de nuestros actos como un producto independiente quizá podríamos identificarlos, aislarlos, y una vez las tengamos en la mano poder observarlos y filosofarlos para poder sacar nuestras propias conclusiones.

En resumen, si estamos produciendo cosas que no controlamos, quizás necesitaríamos empezar a a hablar de una “filosofía a posteriori”, y aprovechar nuestro “yo” consciente para analizar los productos y creaciones de nuestro “yo” inconsciente.
Leyendo esto también se me plantean las siguientes preguntas ¿deberíamos hablar de una filosofía inconsciente? ¿tendría alguna relación con la denominada dualidad entre la filosofía teórica y filosofía operativa que la mayoría de personas tenemos?