Hace unos años que mi novia y yo nos apropiamos de un viejo carro tienda de mis suegros, y comenzamos a ir de camping.
Es imposible no filosofar en un camping, una vez que estas sentado con una cerveza en una de esas sillas que parecen más cómodas de lo que realmente son,  mientras esperas algo que necesitar ser esperado sentado a solas, comienza una espiral de observación y reflexión.

Me gustan los camping principalmente por:

La ausencia de estética

No hay estética alguna en un camping, la poca belleza que podemos encontrar procede de la naturaleza.
Las tiendas y caravanas tienen una clara orientación a la utilidad, y antes que la belleza o el diseño priman conceptos como durabilidad, amplitud, maniobrabilidad, montaje… palabras que ni siquiera son bonitas por sí mismas.

No solo hay ausencia de estética en las tiendas y caravanas, en los campings hay una despreocupación generalizada por las apariencias,  se apuran prendas que son usadas por su comodidad, y los cuerpos que se suelen ver (vistiendo menos que más ropa) son representativos, es decir, si en los festivales de Ibiza se congrega gran parte de la fauna de gimnasio de España y parte del extranjero, en los campings podemos encontrar a sus padres, sus abuelos, o sus primos preadolescentes, entre otras personas que exhiben desinteresadamente un interés menor por la musculación.

La ley del camping

Cuando uno va a un camping sabe a lo que va, a descansar y a estar tranquilo, y por ello los campings tienen su propia ley y sus propios guardianes para que esto se cumpla, y en muchos incluso en horario de siesta.
Cada habitante del camping está de acuerdo con esta ley, y en el momento que decida que no es de su provecho puede salir del territorio a hacer lo que le plazca bajo su responsabilidad, y luego volver.

Solidaridad

Bajo una misma motivación de antiestético descanso, los habitantes del camping tienen un fuerte nexo de unión, que junto a la traumática llegada y partida, hacen que todos los habitantes compartan un mismo ciclo con el que se identifican y de donde surge una especial iniciativa hacia la solidaridad.
En el camping no hay sitio para el introvertido, el antipático o el sociópata, la falta de intimidad y el clima amistoso van haciendo la criba necesaria para que el solidario encuentre su sitio y repita año tras año, y para que el uraño recuerde la experiencia como algo anecdótico. Así los habitantes más experimentados se convierten en referencias fijas que perpetúan y fomentan el “modus vivendi” del camping, hablen el idioma que hablen.

Si no te importa ver, que te vean, si te quieres olvidar de las apariencias, descansar y volver a lo básico en un microclima diferente, no lo pienses más;  coge tus libros, tu comida favorita, olvídate de la ropa interior, y ves de camping.