Fue en un máster sobre psicología aplicada al comportamiento del consumidor cuando empecé a aprender más a fondo sobre el efecto del individualismo, su procedencia y sus consecuencias en la sociedad de hoy en día.
Analizábamos como la sociedad de consumo a través de varios factores recientes, como pueden ser los mensajes publicitarios y el establecimiento de la residencia en función al trabajo,  se atomiza a los individuos de una forma sin precedentes, con intención de sustituir la influencia de la gente de su alrededor por la influencia de los mensajes mediáticos, en resumen, desconectarlo de los demás para que los medios sean su única ventana al mundo.

Esto puede parecer muy chocante, pero de forma más o menos agresiva es mucha la gente que vive así, en nuevas ciudades por culpa del trabajo, conviviendo con gente que apenas conoce, con sus amigos repartidos por diversos motivos, sin conocer a sus vecinos, perezosos de relación social,  con cierto miedo al compromiso, emocionalmente analfabetos, fieles a las modas que marca la publicidad y con los centros comerciales como principal opción de ocio.
Esto nos hace débiles individualmente, algo que sirve para ser más fácilmente influenciables, y también nos hace débiles colectivamente,  haciéndonos torpes y perezosos a la hora de actuar y pensar en conjunto.

Tras meditar sobre todo esto, uno puede encontrar incluso una relación directa entre el advenimiento del consumismo y del dinero como valor supremo, y la decaída de la filosofía, que junto al hermetismo académico actual parece haber alejado la reflexión y el pensamiento crítico del gran público de una forma irreconciliable, algo que hace que generalmente ya no interese tanto marcar un camino propio sino ser el mejor en seguir el camino que se supone que los demás van a seguir.

Entonces, ¿es malo el individualismo?

Hace un tiempo tomé la decisión de dejar la ciudad, y nos fuimos a vivir a un pueblo cercano, así igual profesionalmente he ido alejándome de los grandes polígonos y empresas, hasta llegar al punto de trabajar desde casa, de una forma gradual y casi sin darme cuenta. Pese a hacerlo casi inconscientemente,  es algo que realmente me ha aportado muchas satisfacciones.

Un día me paré a pensar por qué esta situación de aislamiento, o reducción social, me hacía tan feliz pese a ser contrario a mis creencias, y descubrí que estar rodeado de menos estímulos era como un tratamiento desintoxicante, y el hecho de no tener que compartir mis días con personas con las que no me interesa hacerlo, me aportaba gran felicidad, ya que finalmente el trato con personas vanidosas, materialistas o emocionalmente desequilibradas puede llegar a influirnos directamente.

Quien tiene la suerte de tener buenos amigos puede disfrutarlos cuando y donde quiera, así como los compañeros de ocio siempre van a acudir ante la llamada de aquello que apasiona mutuamente, igualmente el que se ha ganado la estima de sus seres queridos y mascotas siempre le van a ofrecer amor incondicional. Esta es la mejor receta contra el individualismo.

Contestando a la pregunta, concluyo con una típica respuesta filosófica, un individualismo como afección, inconsciente e inducido por terceros, es cognitivamente malo ya que es una situación que parte de la costumbre y del desconocimiento,  pero un individualismo, o reducción de los círculos sociales, de forma intencionada y disfrutada, puede ser una buena opción, y más en estos tiempos en los que nos vemos rodeados de tanta gente, que pecando de hablar mucho o de hablar poco, tienen poco o nada de lo que podamos aprender.